La ansiedad es una respuesta innata de nuestra especie, que tiene como objetivo la supervivencia. Cada vez que nos encontramos ante un peligro, el circuito de la ansiedad se dispara haciendo que reaccionemos de la forma más eficaz para sobrevivir. Por lo tanto, se puede decir, que la ansiedad es tremendamente útil para afrontar peligros reales (un coche que se nos echa encima) y situaciones no cotidianas que implican un desafío o un reto (tener que dar una charla en público, hacer un examen).
El problema viene cuando la ansiedad aparece ante situaciones que no suponen ningún riesgo o amenaza (como viajar en avión) o cuando sí que hay algo en juego y la persona necesita actuar de forma especial, pero la ansiedad es absolutamente desproporcionada (si la cantidad de ansiedad experimentada ante un examen es demasiado alta, la tarea se entorpecerá pudiendo llegar incluso a tener que salir del examen).
En definitiva, podemos hablar de problemas de ansiedad cuando se siente mucha ansiedad ante situaciones en las que la mayoría de las personas no se ponen ansiosas, o cuando se experimenta un grado extremo de ansiedad en situaciones donde la mayoría de la gente se sentiría sólo moderadamente ansiosa.
Sin duda podemos decir que la cantidad de personas que sufren problemas de ansiedad se ha incrementado considerablemente en los últimos años. Posiblemente el ritmo de vida rápido y acelerado que la mayoría llevamos y, del que muchas veces nos cuesta salir, es un factor explicativo importante. La mayor parte de las consultas en los centros de psicología están relacionadas con trastornos de ansiedad por su frecuencia en la población y también por lo desagradables que son los síntomas y lo mucho que pueden llegar a interferir y limitar en la vida diaria.
Los trastornos de ansiedad pueden clasificarse de la siguiente manera:
- La fobia social: Cierto grado de ansiedad en reuniones sociales es normal e incluso adaptativo al favorecer unas relaciones adecuadas en función del contexto. Cuando esta ansiedad es excesiva y se mantiene durante todo el tiempo e incluso después de la interacción social, hablamos de fobia social. La fobia social dificulta y limita las relaciones con los demás. La persona que la padece se siente observado/a y jugado/a por los demás, y tiene miedo a hacer o decir algo que le ponga en ridículo.
Por lo general, la persona con fobia social es consciente de que su miedo es irracional, pero aún así intenta evitar las situaciones de carácter social o las afronta con mucha ansiedad, escapando antes o después con cualquier excusa.
Los síntomas físicos son los mismos que en cualquier otra fobia, incluyendo la tendencia a ponerse colorado y a que la sudoración sea mayor en las manos. La respuesta conductual suele ser permanecer callado, no mirar a los ojos o evitar las miradas y como decíamos al principio huir de la situación y/o personas temidas. Suele acompañarse de una baja autoestima, que a veces viene dada por un acontecimiento concreto (una ruptura amorosa, haberse sentido violento o en ridículo en una situación social...). En otros casos la fobia se va generalizando poco a poco sin saber con exactitud las causas.
Un tratamiento adecuado evita su agravamiento y que ésta se vaya "desaprendiendo", con el fin de que las relaciones con los demás se vivan como algo enriquecedor y la vida cotidiana de la persona no se vea limitada.
- La fobia simple es un miedo exagerado a situaciones concretas u objetos, como determinados animales (perros, arañas), lugares altos, conducir o lugares cerrados (ascensor). La persona reacciona evitando sistemáticamente estas situaciones. Mientras que el miedo es una respuesta innata y adaptativa, ante un peligro real, la fobia es aprendida normalmente a raíz de algún acontecimiento pasado, sin que el objeto causante del miedo suponga un peligro real.
- En el trastorno obsesivo-compulsivo las personas se ven invadidas por pensamientos o imágines indeseadas, repetitivas y que causan un gran nivel de ansiedad. Las obsesiones más frecuentes tienen que ver con la suciedad, la comprobación, el orden, la religión, la violencia y el sexo. Para bloquear o reducir el malestar causado por las obsesiones, aparecen las compulsiones o rituales: acciones motoras (lavarse las manos, comprobar si el gas está cerrado) o mentales (reconstruir de una determinada manera los hechos) que se realizan siguiendo siempre el mismo orden.
- El estrés postraumático es un problema de ansiedad que puede aparecer después de haber sufrido un acontecimiento altamente aversivo, que sería extremadamente traumático para la mayoría de las personas, como un atraco, violación, accidente o terremoto. Las personas reviven mentalmente escenas de tal suceso, frecuentemente tienen pesadillas y tratan de evitar a toda costa cualquier situación que mínimamente relacionen con el trauma.
- La ansiedad generalizada surge cuando la persona se preocupa, de forma exagerada y no realista, de dos o más circunstancias relevantes en su vida, como que le pase algo grave a alguno de sus familiares, o tener problemas económicos. Tienen la sensación de estar continuamente activados/as y no tener la capacidad de desconectar.
- El pánico y la agorafobia: un ataque de pánico es una súbita aparición de gran cantidad de ansiedad. Los síntomas de ansiedad son tan intensos que la persona teme que ocurran desgracias muy dramáticas y personales como morir, tener un ataque al corazón, volverse loco/a, ahogarse o desmayarse. A la vez, la persona nota sensaciones fisiológicas tan desagradables como taquicardia, dolor, pinchazos o tensión en el pecho, sensación de ahogo, mareo, visión borrosa y sensación de irrealidad, calor, sudor, tensión muscular, temblores, calambres o flojedad, pérdida de sensibilidad, nudo en el estómago y nauseas.
En estas condiciones, la persona quiere librarse del malestar y su reacción será buscar ayuda y seguridad: ir a urgencias o hablar con medicos/as, tomar psicofármacos, distraerse, volver a un sitio seguro o cualquier otra conducta que corte o reduzca la crisis.
Tener un ataque de pánico es una experiencia normal para la mayor parte de la población. Los estudios demuestran que, aproximadamente el 20% de la población general, ha sufrido al menos un ataque de pánico a lo largo de su vida. Por lo tanto, tener un ataque de pánico aislado no es un trastorno psicológico.
Sin embargo, si a partir de esa primera experiencia, los ataques de pánico se repiten con cierta frecuencia y/o hay un miedo claro y persistente a tenerlos, entonces podemos hablar de trastorno de pánico, y ya nos enfrentamos ante un problema psicológico.
Una parte de las personas que sufren este trastorno, debido al miedo intenso a sufrir una nueva crisis, evita situaciones donde pueda ser difícil o socialmente embarazoso conseguir ayuda y/o escapar. En estos casos, hablamos también de agorafobia. Estas personas evitan sistemáticamente afrontar tales situaciones, y en caso de hacerlo, tienden a escapar volviendo a un sitio seguro. Como resultado de ello, su vida puede quedar fuertemente restringida o limitada. Algunas de las situaciones más temidas son: hacer colas, meterse en lugares concurridos (un centro comercial), alejarse de casa, conducir y usar transportes públicos.
El hecho de que los trastornos de ansiedad sean tan invasivos en la vida de las personas afectadas, no significa que no tengan vuelta atrás, como una condena de la cual es imposible liberarse. Es más, siendo un comportamiento aprendido, el miedo patológico puede ser desestructurado por nosotros mismos. Si nosotros somos los que construimos una modalidad disfuncional de percepción y reacción a la realidad de igual modo podemos construir una realidad donde el problema tenga una solución sencilla y eficaz.
De hecho, es en los trastornos en los que la base es la ansiedad en los que tanto las herramientas de la terapia cognitivo-conductual como las de la terapia breve estratégica se han mostrado más eficaces y eficientes.